jueves, 22 de octubre de 2020

VETE Y NO VUELVAS NUNCA JAMÁS, VETE Y NO VUELVAS

 


Es la primera vez que escribo algo en cinco meses. No había vuelto a hacerlo desde que abandoné el confinamiento allá por mitad de mayo, dentro todavía del estado de Alarma. Desde entonces han ocurrido muchas cosas en mi vida y en mi entorno más cercano.

La situación de la pandemia vuelve a tornarse de color gris oscuro, sino lo es ya negro, y los daños colaterales se incrementan poco a poco como un manto del mismo tono que amenaza con cubrir a la mayoría de los mortales. En los comienzos de la alerta sanitaria el virus se veía un tanto lejos. Eran meras cifras que observábamos y escuchábamos, eso sí, una y otra vez, como un martillo percutor que rompe la acera justo debajo de la ventana de tu habitación. Cifras que crecían exponencialmente, pero que sentíamos, aunque con aflicción, un tanto lejanas. Ahora las cosas son bien distintas: todos tenemos un familiar, amigo, conocido o vecino que ha pasado la enfermedad, con nada, poca o mucha suerte, y no digamos ya lo de permanecer en cuarentena.

Pero lo que verdaderamente te hace ver el problema de otra forma es cuando, de la noche a la mañana, tú pasas a ser el triste protagonista.

Todo comienza con un positivo cercano y asintomático, te rastrean y debes confinarte. Después aparecen las primeras señales de alarma en el cuerpo. Son síntomas. Tú lo sabes porque empiezas a encontrarte mal, muy mal. Nunca habías estado así, al menos que recuerdes. Te hacen la PCR, como al resto de los que vivís juntos. Sabes que vas a dar positivo. Estás convencido de que no es un resfriado ni una gripe común, por mucho que las personas que te quieren te digan lo contrario para tranquilizarte, pero es que estás muy jodido. El día que te hacen la prueba tienes unas náuseas del copón. Te meten el palito por los orificios nasales y bueno… molesto, pero ni tan mal. Sin embargo, cuando lo hacen por la boca, hasta casi la tráquea, te dan unas arcadas que la enfermera te mira expectante y se aparta evitando el posible salto de las cataratas de Iguazú. Regresas a casa y vuelves a la cama. Estás peor. Cada minuto es un suplicio; cada hora, una eternidad. Al día siguiente te confirman lo que ya sabías: eres positivo. La noticia, por la sugestión, hace que todavía te encuentres peor. “Paciencia” es lo que te repite tu doctora una y otra vez. “Paciencia y si te aumenta la fiebre o tienes insuficiencia respiratoria, llámanos”. Después de una pausa y de tu incredulidad, la médica añade: “bueno, o mejor llamas al 112, porque aquí te será más complicado”. ¡Jódete, perdigón! Y llamas al 112, vaya que sí, hasta en tres ocasiones, porque las noches son largas y amenazantes y cuando estás hecho polvo ni te cuento, atendiéndote bien, las cosas como son. Te serenan más: “Tranquilícese todo lo que pueda y llámenos si empeora. Esto se pasará”. Y tú crees que te han visitado y medicado a través de la línea telefónica. ¿Efecto “placebo-phone”? Es posible, quién sabe. Pero no te dura más que unos minutos porque enseguida vuelves a estar mal. Y pasan los días. Te asustas. “¿Y si me ingresan?” Es una pregunta que te haces más de una vez. La mente inicia un proceso de desestabilización, planteando los supuestos más duros y dramáticos. Intentas dormir, pero no puedes. El baño es como tu segunda vivienda, esa que algunos tienen en la playa, y lo visitas diez veces en una noche, la mayoría para vaciar lo que no tienes en tu estómago. Se llama bilis. En condiciones normales, cuando terminas de vomitar, sueles quitarte un peso de encima y te relajas. Esta vez no. El cuerpo sigue bailando la jota aragonesa Gigantes y Cabezudos, y regresas con ella a la cama… hasta la próxima excursión por el pasillo. “¿Cuándo terminará esto?” te preguntas también… un día y otro y otro más.

Ni que decir tiene cómo es la convivencia en casa. Estás aislado completamente y hablas a través del whatsapp o, si tienes ganas, te pones la mascarilla y avisas de que vas a salir al pasillo. Es curioso, pero para una vez que puedes disfrutar de una cama tan grande para ti solo, no le sacas partido, básicamente porque apenas puedes moverte. No tienes ganas de comer, y lo poco que tragas lo vomitas. Bebes continuamente, eso sí, agua, zumos y lo que sea. Sales al balcón y tomas el aire unos minutos, pero terminas agotado; cualquier mínimo esfuerzo hace que te fatigues lo indecible. Es mejor no mirarse al espejo, sobre todo cuando pasan ya diez o doce días desde que empezaste a tener síntomas. No te reconoces. Tus piernas son dos bastones. Cuando te pesas descubres que has perdido cinco kilos y medio. Te hubiera gustado adelgazarlos en condiciones normales, pero así das más lástima que otra cosa.

De pronto, una mañana te despiertas como un toro. Las cosas comienzan a ir mejor, muy despacio, pero a mejor. Al día siguiente sufres una recaída y te desmoralizas. Solo será eso, un pequeño traspiés, porque te vas dando cuenta de que el bicho se está marchando. Lo despides de un portazo, y eso que casi le has cogido cariño después de tantos días juntos, como cuando un secuestrado siente afecto por su secuestrador; síndrome de Estocolmo creo que se denomina. Después pasan muchos días hasta que te recuperas totalmente, si es que no te quedan secuelas, que no se sabe, por lo menos de momento.

Sí, como habéis comprobado el protagonista de esta historia soy yo, bueno… más bien coprotagonista; mi pareja en el cartel de esta amarga película, que he intentado contar de la forma más amena posible, es como podéis suponer el famoso Covid 19. Mucha salud para todos.

jueves, 14 de mayo de 2020

EL DÍA DE "MATRACO" MARGALL


Hay momentos gloriosos que nuestra mente jamás podrá olvidar. Entre ellos, cómo no, los referentes a las gestas del deporte español. Me gustaría comenzar esta nueva sección del blog, dedicada precisamente a esos buenos recuerdos, con un memorable partido de baloncesto disputado el 8 de agosto de 1984 en Los Ángeles. 

Se enfrentaban España y la extinta Yugoslavia en una de las semifinales olímpicas. En nuestro país el calor apretaba de lo lindo y en Peñíscola, donde veraneaba con mi familia, más aún. Vimos el partido en un bar que había cerca del apartamento que ocupábamos. Era la primera vez que disfrutaba de una pantalla gigante. Aquello me parecía como estar en el cine Lope de Vega, pero con el público de pie, gritando y sin José, el acomodador, apuntando con la linterna. 

Ficha del partido

Díaz Miguel sorprendió a todos alineando de salida a Nacho Solozábal en lugar de Juan Antonio Corbalán, base titular y capitán del equipo. Iturriaga, Epi, Jiménez y Fernando Martín completaban el cinco inicial. España comenzó imprecisa y algo nerviosa; no en vano tenía enfrente a la defensora del oro olímpico conseguido cuatro años antes en Moscú y todavía imbatida en el campeonato. Los balcánicos, comandados por el excelente tiro exterior de Dalipagic y de un joven Drazen Petrovic, que ya se hacía notar, llegaron a situarse diez puntos por encima. El seleccionador nacional no sabía cómo contrarrestar el varapalo. Finalmente metió en pista a José Luis Llorente, su tercer base, Josep María Margall y Fernando Romay. El acierto del alero del Joventud de Badalona mantuvo al equipo vivo en una desastrosa primera parte que, pese a todo, se fue al vestuario con tan solo cinco puntos de desventaja.

El partido cambió por completo tras la reanudación. Continuaban en pista los mismos que habían finalizado la primera mitad. La velocidad de Llorente, el dominio de Romay en el rebote y, sobre todo, la muñeca caliente de “Matraco”, que no fallaba ni una, le dieron la vuelta al choque y pusieron en ventaja a un combinado español que aumentó la diferencia hasta los trece puntos finales.

Aquella noche supuso, sin duda, un antes y un después en el baloncesto español. Los últimos años han superado con creces aquella enorme gesta. Hoy día es España el equipo a batir. Salió una nueva generación de jugadores de ensueño que lo ha ganado todo y será irrepetible, tanto por calidad como por competitividad, pero lo de hace tres décadas y media nos supo a gloria. Nos quitamos de encima ese complejo de inferioridad ante grandes rivales y demostramos que el deporte español podía estar en lo más alto, como se ha ido demostrando en los años siguientes y en cantidad de disciplinas.

Os dejo algo más arriba la ficha del partido y aquí un pequeño vídeo con dos jugadas muy parecidas y claves de aquel día inolvidable: pase picado de Llorente a Margall y canasta de "Matraco".




miércoles, 6 de mayo de 2020

NOVELA POR ENTREGAS. CAPÍTULO 6 (PRIMERA PARTE)


Playa y paseo de levante | Portal del ciudadano


Entrada anterior.



6

¿Qué estatua es esa? —pregunta Jaime señalando una pequeña figurita sobre una alta peana que hay en la esquina de la cafetería.
—¿En serio no la conoces? —El profe muestra incredulidad.
—Representa a la justicia, ¿no?
—Mira, tú amigo sí lo sabía.
—Hombre, está claro —dice Marcel recostándose en la silla—, con la balanza y tal…
—¿Y no puedo preguntar?
—Claro que sí, Jaime. Solo que me ha extrañado que no supieras qué es.
Jaime se pone la mano en la boca para disimular un bostezo. No ha dormido la siesta. Marcel, sin embargo, ha descansado y ha tenido un sueño bastante reparador. Después se han decidido por dar un pequeño paseo y sentarse en una terraza. Carlo, que se encontraba en el hall del hotel, se ha unido a ellos, como no podía ser menos.
—Los egipcios la llamaron Maat, para los griegos fue la diosa Themis y los romanos la denominaron Justitia.
—¿Por qué lleva una venda en los ojos?
—Eso es en lo primero que nos fijamos todos —continúa el italiano—. Es una referencia más que obvia a la imparcialidad. Y también es una memez mayúscula, porque en esta vida nadie es imparcial.
—Eso es verdad —corrobora Jaime.
—Lo de la espada sí que tiene cojones. Representa la condena y un castigo rápido y hasta mortal, como ha sucedido a lo largo de la historia. Pero, ya veis, solo ella que es el sistema puede llevarlo a cabo. El sistema, queridos amigos, tiene derecho a usar esa espada, pero nosotros no.
—Es que sería un caos si cada uno se tomara la justicia por su mano —apunta Marcel.
El Profe se encoge de hombros.
—Bueno, ¿pedimos o no? —pregunta Jaime levantando el brazo para captar la atención del camarero.
—¡Pero si has empezado tú! —Marcel le señala con el dedo.
—Yo soy la balanza, que es lo que me queda de explicar —dice Carlo sonriendo—. Represento el equilibrio entre vosotros dos: acusación y defensa.
—¿Qué desean estos abueletes? —pregunta el camarero.
—¡Qué niño tan simpático! —dice Marcel con ironía.
—¿Acaso miente? —Carlo mira a sus dos compañeros de mesa.
—Dejémonos de chorradas —sentencia Jaime—. Tráenos una gran jarra de sangría y unos vasos.
—¿Sangría? —pregunta Marcel desconcertado.
—¡Alegría, alegría! —El Profe levanta los brazos.
—No sé si habrá alguna ambulancia cerca —dice el camarero mirando a su izquierda.
—Oye, chaval —Jaime apoya las dos manos en la mesa en señal de levantarse—. ¿Quieres probar un buen jarabe para la tontería?
Marcel sujeta a su amigo del brazo.
—Qué poco sentido del humor tiene usted, buen hombre —dice el joven marchándose—. Los extranjeros son más receptivos.
—Los extranjeros no entenderán esos comentarios, pero yo sí.
—Vale, no hace falta gritar.
—¡Laura! —El italiano llama a una muchacha que pasea con su perro.
La joven se acerca.
—¡Profe!
Carlo se levanta y la saluda con dos besos y un abrazo.
—¡Qué guapa estás! Anda, siéntate un poco con nosotros.
—He salido para que ande un poco Logan —dice señalando al perro—.
—Venga, será solo un ratito.
Laura se acomoda en la silla que hay libre. Es alta, morena y lleva el pelo recogido en una larga coleta. Tiene un pequeño hoyuelo en la barbilla que la hace aún más atractiva. Viste tejanos pitillos y camiseta entallada y algo escotada, que funciona como un imán a los ojos de quien se cruza con ella. Si eso no es suficiente, sus grandes ojos verdes, adornados de prominentes pestañas, rematan una belleza como pocas.
—Te presento a Jaime y Marcel. Nos conocimos en el tren. Ellos son nuevos aquí.
Los tres se incorporan para saludarse con dos besos.
—¡Qué tendrá Benidorm que atrae tanto a los adolescentes de pelo blanco! —Laura levanta la mano en señal de excusa—. Me gusta llamaros así. Sois como niños descubriendo una segunda pubertad.
—Reconozco que es gracioso —dice Jaime.
Marcel se limita a sonreír levemente.
—Ya la veis —señala Carlo—. Además de guapa, ingeniosa.
—Y, como dice la canción —Marcel se toca la barbilla atraído quizá por el hoyuelo de la chica—, ¿qué hace una chica como tú en un sitio como este?
—Es una historia un tanto extraña, ¿verdad, Profe?
El camarero llega con la bandeja.
—Nos traes un vaso más cuando puedas —le pide el italiano.
—No faltaba más —dice el joven dejando la jarra en la mesa sin quitar la vista de Laura.
—¡Anda, cómo os cuidáis! —La muchacha agarra la cuchara de madera y da vueltas al líquido—. Así da gusto sentarse. Acercadme los vasos, yo os sirvo.
—Pues sí —asiente Carlo—, la historia de esta chica tiene su miga.
—¿Más que la tuya? —pregunta Jaime.
—Eso es imposible —apunta Marcel.
—Digamos que lo dejó todo por amor. —El Profe mira a Laura con ojos tiernos y da un buen trago de sangría—. Pero la cosa se complicó un poquito.
—Ojalá hubiera sido un poquito…
El camarero trae el vaso que faltaba.
—Yo te sirvo, guapa.
La chica le da las gracias y espera a que se marche para comenzar su relato.
—Estaba haciendo segundo de Periodismo en la Universidad de Valencia. No es que fuera muy aplicada, pero iba avanzando. El caso es que conocí a Diego, un chico guapísimo y rico; el más popular de la facultad. Su padre era constructor en pleno apogeo de la burbuja inmobiliaria. Me enamoré perdidamente. ¿Qué chica no hubiera sucumbido a ello? Él era un pésimo estudiante. Un día me dijo que dejaba los estudios. Su padre, que lo necesitaba en la empresa, le puso un despacho y un gran sueldo. La cosa fue a más muy rápidamente. Enseguida se hizo popular entre los colegas del gremio. Tenía carisma y era buen vendedor.
—No hacía falta ser muy bueno —apunta Jaime, cortando el relato de la joven—. Entonces se vendía todo y a precio de oro, hasta lo más cutre.
—Eso es cierto— afirma Laura—. El caso es que además triunfaba entre las señoras de la alta sociedad.
—Vaya, esto se pone interesante.
—¡Qué manía tienes con no dejar hablar! —Marcel mueve la cabeza en señal de desesperación.


Continuará.

jueves, 2 de abril de 2020

NOVELA POR ENTREGAS. CAPÍTULO 5 (SEGUNDA PARTE)





El policía se dirige hacia la puerta y la abre.
—Será mejor que descanse. No se preocupe, nosotros nos ocuparemos de todo.
—Llámeme en cuanto sepan algo, por favor.
—Descuide, será muy pronto, ya lo verá.

Roger abandona las dependencias policiales. Sale hacia la derecha y se introduce en la calle del Doctor Joaquim Pou. Ya divisa la catedral. Ese es su destino. Al llegar a la plaza, se detiene y respira hondo. Es uno de los lugares preferidos de su padre. Recuerda la de veces que ha estado allí en acontecimientos importantes de la familia y fiestas solemnes, pero si hay uno especial, ese fue el día que conoció al entonces arzobispo de Barcelona: el cardenal Ricard Maria Carles.

Era un adolescente que, como la mayoría en esos casos, asistía a regañadientes a una de las misas dominicales oficiadas por el cardenal. El dos de junio de 1996, tras la homilía, los numerosos feligreses que abarrotaban la catedral aplaudieron y vitorearon con gritos de “¡Viva el cardenal!” en un gesto de adhesión a la persona del arzobispo. Roger no comprendía nada, pero su padre se lo explicó. Le dijo que Ricard Maria Carles había sido acusado por fiscales italianos de haber colaborado con la Camorra napolitana en una trama de blanqueo de capitales y de tráfico de armas y material radioactivo. El cardenal expresó su satisfacción por esta muestra de apoyo, asegurando que ya Jesucristo dijo que "se recibirá cien veces más con persecuciones". Cuando terminó la misa, Ricard Maria Carles abandonó el altar mientras se oían nuevos aplausos. Marcel, junto a su esposa e hijo, aguardaron sentados a que no quedara nadie. Entonces, al cabo de unos siete minutos, apareció de nuevo el arzobispo y se dirigió a ellos. Era un hombre de pelo blanco peinado hacia atrás, gafas de montura metálica y rostro afable. Marcel y el prelado se fundieron en un abrazo. Se conocían de hace muchos años, cuando Carles era obispo de Tortosa y el padre de Roger estaba destinado en una sucursal de la Caixa de la misma ciudad. Hicieron buenas migas y mantuvieron el contacto hasta la muerte del cardenal en 2013. Marcel siempre creyó en la inocencia de Carles y lo defendió públicamente allí donde se ponía en credibilidad su reputación. Tras hablar unos minutos, el prelado se despidió no sin antes aconsejar a Roger que siempre tuviera a su padre como ejemplo en la vida.

El abogado se sienta a tomar un café en la terraza de la Taverna del Bisbe. Se lamenta de no poder hablar con Carles. Está seguro de que le hubiera dado grandes consejos en estos momentos de incertidumbre. Intenta pensar, por vez primera desde la desaparición, en los motivos reales que han podido llevar a su padre a tomar esa decisión. Ha sido siempre su principal referente. Un hombre modélico, sin vicios, entregado a su familia y a su trabajo (por este orden). Es verdad que la enfermedad de su madre supuso un duro golpe para él, sacrificar toda una vida anterior de felicidad, que no de excesos. Es consciente de que los últimos años no han sido fáciles, de que no ha estado con él el tiempo suficiente, de que no le ha devuelto todo lo que le ha dado. Quizá ahora sea demasiado tarde. Se atormenta por un instante, pero levanta la cabeza y, entre la multitud de turistas que van y vienen, siente un hilo de esperanza que agarra con fuerza. Se promete a sí mismo que, si aparece, le demostrará todo el amor que un hijo puede dar a un padre. Roger apura el café y busca en su teléfono sus últimas llamadas. Marca uno de los números.
—Carlos, soy yo otra vez.
—¿El hijo del amigo de mi padre?
—El mismo.
—¿Hay noticias?
—Para eso precisamente te llamaba. He estado investigando y no existe viaje organizado alguno a Andalucía. Solo había uno del IMSERSO, que puso en marcha el Ayuntamiento, pero que ya se hizo en primavera.
Se hace el silencio.
—¿Carlos?
—Sí, sigo aquí. No sé, me dejas confundido, la verdad.
—Verás, he puesto una denuncia por desaparición en la Jefatura Provincial de Policía. Ya están investigando. Me llamarán en cuanto averigüen qué medio de transporte han podido tomar…
—Dando por hecho que estén juntos —interrumpe el hijo de Jaime.
—¿Acaso lo dudas después de haberte mentido?
—Mira, no creo que sea el momento de reprochar nada a nadie, porque en ese caso…
—No te reprocho nada, Carlos. Solo intento…
—Yo creo en mi padre, y mantengo la esperanza de que me llame en las próximas horas. Es lo que me dijo. Si no ha querido desvelarme cuál es su destino, allá él. Imagino que tendrá sus razones. Ha sufrido mucho y está muy solo, pero yo no puedo presentarme allí de buenas a primeras.
—Lo sé, pero si continúan sin dar señales de vida, tendrás que venir.
—Claro. Me has dicho que la policía ya está detrás del paradero de tu padre, ¿no?
—Así es.
—Vamos a hacer una cosa —dice Carlos—. En cuanto sepas algo llámame. Con lo que me digas tomaré o no la decisión de coger un vuelo urgente.

Roger comprende la situación en la que se encuentra el hijo de Jaime. No es lo mismo vivir en Alemania que en Gerona. Aunque, también es cierto, que por un padre bien vale hacer los kilómetros que sean necesarios. Muchas veces el trabajo y la vorágine del día a día hacen imposible el contacto familiar aún encontrándose en la misma ciudad o incluso a escasos metros. Todo es cuestión de voluntad o, más sencillo todavía, de amor.

El teléfono de Roger vibra sobre la mesa. El número es largo, como suele corresponder a organismos públicos. Atiende la llamada con expectación.
—Señor Badía, ya tenemos algo.
—¿Ya saben dónde está?
—Calma, poco a poco —responde el oficial de policía—. Ha sido más fácil de lo esperado. Solo hemos tratado de intuir los pasos que hubiera dado cualquier persona en la situación de su padre.
Se hace un pequeño silencio. Roger no se atreve a seguir preguntando. El agente continúa.
—Un tal Marcel Badía entró la semana pasada en una agencia de viajes situada en su misma calle, concretamente en el número 95.
—Munditravel —apunta Roger.
—Exacto. Su padre adquirió allí su billete de tren para Alicante con salida a las siete de la mañana de hoy.
El hijo de Marcel da un profundo suspiro.
—Eso no es todo —prosigue el policía—. Hay algo más.
—¿A qué se refiere?
Su padre compró tres billetes.



Continuará.

jueves, 26 de marzo de 2020

EL DESPUÉS

Está claro que después de esto la vida no volverá a ser como antes. Al menos, en el corto y medio plazo, los eventos que aglutinen mucha gente no podrán realizarse. Se dice que la vacuna no estará lista para ser suministrada hasta dentro de un año. Los colegios no podrán continuar su actividad con normalidad, y es posible que, cuando puedan abrir, los teatros y cines no dispensen más que un pequeño porcentaje de sus aforos. Lo mismo ocurrirá con los locales de ocio y hostelería. Después, ya con los años, cuando este virus sea como uno más y convivamos con él como hacemos ahora con la gripe común, las cosas tampoco serán como las hemos conocido hasta ahora. Existirán, seguramente, controles de temperatura corporal a la entrada de museos. Una aplicación de móvil nos dirá si a nuestro alrededor hay algún tipo de peligro de contagio... Creo que algo de esto sucederá (ya lo están aventurado algunos sociólogos y diversos expertos). De todos modos, ojalá que salgamos todos de ésta con buenas vibraciones y mayor empatía con los demás. Con la lección aprendida de que individualmente somos muy vulnerables pero que en equipo podemos salir adelante. Valoraremos mucho más los pequeños paseos por el campo, el sonido del río, el olor de la hierba mojada, la silueta de nuestra ciudad desde la lejanía, un simple banco cuando te vence el cansancio. Ojalá, como ya he leído por ahí, que este tremendo revés nos haga ser mejores personas. Y que nadie se vuelva a sentir superior a nadie, porque está demostrado que siempre puede haber algo que nos haga temblar de miedo.