Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.
—Soy la calle —repitió la anciana, como si fuera lo más normal del mundo.
Me quedé mirándola con la boca abierta. El dolor de cabeza había bajado un poco, pero ahora sentía un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el mareo. La mujer de la tele sonrió con esa malicia tranquila de quien sabe que te tiene pillado.
—¿La calle? —conseguí balbucear—. ¿Qué calle? ¿San Sebastián?
Ella soltó una risita cascada que sonó a madera vieja crujiendo.
—Todas, hijo. Todas. Pero yo soy la que te ha tragado hoy. Las demás están… ocupadas.
Intenté incorporarme otra vez. Las piernas me respondieron a medias. El sofá olía a naftalina y a tiempo detenido, igual que la casa de mis abuelos cuando íbamos a comer los domingos. Miré alrededor buscando una puerta, una ventana, algo. Nada. Solo paredes con ese papel de rombos que parecía sacado de una película de los setenta.—¿Y qué coño quieres de mí? —pregunté, intentando sonar más valiente de lo que estaba.
La anciana se acomodó el pañuelo azul con dedos llenos de anillos antiguos.
—Nada que no me hayas dado ya. Curiosidad. Os creéis muy listos los de ahora, con vuestros móviles y vuestras fotos para el Instagram. Entráis en mis tripas sin respeto, sin miedo. Antes, los niños sabían. Los abuelos contaban las historias y los chavales las creían. Ahora… ahora venís como si yo fuera un decorado bonito. Y yo tengo hambre.
Tragué saliva. Recordé las veces que había pasado por esa calle de pequeño sin hacer caso a las advertencias de mi madre: «No te metas por ahí cuando se hace de noche, que las calles tienen memoria».
—¿Entonces es verdad? ¿Os coméis a la gente?
—No a todos —dijo ella encogiéndose de hombros—. Solo a los que se adentran demasiado. A los que sienten la presión y siguen caminando en vez de dar media vuelta. A los que llevan dentro un poquito de oscuridad y no la reconocen.
La imagen de la tele parpadeó un segundo. Por un instante vi otra cosa: no una anciana, sino una especie de grieta oscura con dientes de ladrillo y argamasa. Parpadeé fuerte y volvió a ser la señora del moño.
—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Me vas a digerir aquí dentro para siempre? ¿Voy a acabar convertido en papel pintado o en tapicería de sofá?
La mujer soltó una carcajada que hizo vibrar el plasma.
—Qué dramático eres. No. Os escupimos… eventualmente. Pero cambiados. Algunos salen más callados. Otros más listos. Unos pocos no salen nunca. Depende de lo que traigáis dentro. Tú, por ejemplo… traes mucha Calahorra. Mucha memoria de niño que no creía del todo pero tampoco se atrevía a desmentirlo. Eso me gusta. Me alimenta mejor que el miedo puro.
Me levanté por fin, tambaleándome. Toqué la pared. Estaba tibia, como si respirara. Juraría que noté un latido lento, muy lento, debajo del yeso.
—¿Y cómo salgo?
—Preguntando bien —respondió ella, guiñándome un ojo—. O contando algo que yo no sepa. Las calles somos muy viejas, pero nos aburrimos. Cuéntame una historia tuya que no le hayas contado a nadie. Algo feo. Algo que te avergüence. Si me gusta, igual te dejo ir… con un regalito de despedida.
Me quedé callado un segundo. El corazón me latía en las sienes otra vez. Fuera, o dentro, no sé, se oía el rumor lejano de la catedral y el susurro del cierzo.
—Está bien —dije al fin, sentándome otra vez en el sofá—. Pero si te cuento esto, luego me dejas salir por la misma calle por la que entré. Sin trucos.
La anciana sonrió, mostrando unos dientes demasiado perfectos para su edad.
—Trato hecho, paisano. Empieza.
Continuará.

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