miércoles, 27 de mayo de 2026

EL PINTOR (SEGUNDA PARTE)

 Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.


Pasaron varias semanas antes de que me atreviera a volver al parque. Guardaba el pincel en el cajón de la mesilla, envuelto en un paño suave, como si fuera algo sagrado. A veces lo sacaba y lo observaba a la luz de la lámpara. Los pelos, gastados por el uso, aún conservaban restos de un dorado antiguo. Me preguntaba si sería verdad, si realmente había hablado con un hombre que llevaba más de dos siglos muerto.

El otoño ya había dado paso a un invierno crudo. Los árboles del parque estaban desnudos y el suelo crujía bajo una fina capa de escarcha. Aun así, bajé una tarde de domingo, casi sin proponérmelo. El frío invitaba a caminar deprisa, pero yo iba despacio, mirando los bancos vacíos.

Y allí estaba.

Sentado en el mismo lugar, con la misma barba poblada y esa mirada serena que parecía atravesar el tiempo. Llevaba una capa gruesa sobre los hombros, como las que se usaban antaño.

—Buenas tardes tenga usted —dijo con la misma cortesía de la primera vez.

Me quedé parado a unos metros, sin saber muy bien si acercarme o salir corriendo. El corazón me latía con fuerza, igual que aquel día.

—Domingo… —murmuré.

Él sonrió con cierta tristeza.

—Veo que ya sabe quién soy. O quién fui.

Me senté a su lado, esta vez sin dudarlo. El banco estaba helado, pero no me importó. Saqué el pincel del bolsillo interior de la chaqueta y se lo mostré.

—Se le cayó aquel día.

Domingo lo miró con cariño, casi con nostalgia.

—Ah, mi viejo amigo. Lleva más tiempo conmigo del que pueda imaginar. Me acompañó en San Bartolomé, en Santiago, en la catedral… y en muchos otros lugares que ya nadie recuerda.

Un silencio cómodo se instaló entre nosotros. El viento movía las ramas desnudas produciendo un sonido seco, como de huesos viejos.

—¿Por qué yo? —pregunté al fin—. ¿Por qué se me apareció a mí?

El pintor se encogió de hombros.

Catedral de Calahorra

—Porque usted mira. La mayoría pasa por delante de las capillas, levanta la vista un segundo y sigue su camino. Usted se detiene. Observa los colores, las luces, las sombras. Intuye que detrás de cada dorado hay una historia. Por eso quise hablarle.

Sentí un extraño orgullo mezclado con vergüenza.

—Soy un simple aficionado —dije—. No entiendo casi nada de arte.

—Nadie entiende casi nada al principio —respondió con suavidad—. Lo importante es que le importa. Y en estos tiempos, eso ya es mucho.

Le devolví el pincel. Él lo tomó entre sus manos y lo hizo girar lentamente, como si estuviera recordando cada trazo que había dado con él.

—Sabe… —continuó—, la gente cree que restauramos solo paredes y techos. Pero en realidad intentamos restaurar la memoria. Que no se olviden los que vinieron antes. Que sepan que alguien, hace mucho tiempo, se pasó meses subido en un andamio, con frío, con calor, con dolor de espalda, solo para que otros pudieran levantar la vista y sentir algo grande.

La tarde caía deprisa. Las farolas del parque se encendieron una tras otra.

—¿Volverá? —pregunté.

Domingo sonrió con esa media sonrisa suya.

—Siempre vuelvo cuando alguien me necesita. O cuando alguien me busca de verdad.

Se levantó y se ajustó la capa. Antes de marcharse, puso una mano en mi hombro. Sentí su peso, real y cálido.

—Cuide el pincel. Y cuide también la catedral. No solo con los ojos, sino con el corazón. Es lo único que nos queda cuando todo lo demás se va.

Dio unos pasos y, como la primera vez, pareció fundirse con la penumbra. No desapareció de golpe. Simplemente se fue difuminando entre los árboles hasta que ya no distinguí su figura.

Me quedé un rato más sentado, con el frío calándome los huesos y una extraña calidez en el pecho.

Desde aquel día, cada vez que entro en la catedral y levanto la vista hacia la capilla de San Juan Bautista, siento que no estoy solo. Y a veces, solo a veces, me parece ver una figura menuda subida en un andamio invisible, dando los últimos retoques a un dorado que brilla con luz propia.

Y sonrío.

Porque ahora sé que la belleza no solo se crea. También se hereda. Y se devuelve.


FIN

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