Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.
—Soy la calle —repitió la anciana, como si fuera lo más normal del mundo.
Me quedé mirándola con la boca abierta. El dolor de cabeza había bajado un poco, pero ahora sentía un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el mareo. La mujer de la tele sonrió con esa malicia tranquila de quien sabe que te tiene pillado.
—¿La calle? —conseguí balbucear—. ¿Qué calle? ¿San Sebastián?
Ella soltó una risita cascada que sonó a madera vieja crujiendo.
—Todas, hijo. Todas. Pero yo soy la que te ha tragado hoy. Las demás están… ocupadas.
—¿Y qué coño quieres de mí? —pregunté, intentando sonar más valiente de lo que estaba.
La anciana se acomodó el pañuelo azul con dedos llenos de anillos antiguos.
—Nada que no me hayas dado ya. Curiosidad. Os creéis muy listos los de ahora, con vuestros móviles y vuestras fotos para el Instagram. Entráis en mis tripas sin respeto, sin miedo. Antes, los niños sabían. Los abuelos contaban las historias y los chavales las creían. Ahora… ahora venís como si yo fuera un decorado bonito. Y yo tengo hambre.
Tragué saliva. Recordé las veces que había pasado por esa calle de pequeño sin hacer caso a las advertencias de mi madre: «No te metas por ahí cuando se hace de noche, que las calles tienen memoria».
—¿Entonces es verdad? ¿Os coméis a la gente?
—No a todos —dijo ella encogiéndose de hombros—. Solo a los que se adentran demasiado. A los que sienten la presión y siguen caminando en vez de dar media vuelta. A los que llevan dentro un poquito de oscuridad y no la reconocen.
La imagen de la tele parpadeó un segundo. Por un instante vi otra cosa: no una anciana, sino una especie de grieta oscura con dientes de ladrillo y argamasa. Parpadeé fuerte y volvió a ser la señora del moño.
—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Me vas a digerir aquí dentro para siempre? ¿Voy a acabar convertido en papel pintado o en tapicería de sofá?
La mujer soltó una carcajada que hizo vibrar el plasma.
—Qué dramático eres. No. Os escupimos… eventualmente. Pero cambiados. Algunos salen más callados. Otros más listos. Unos pocos no salen nunca. Depende de lo que traigáis dentro. Tú, por ejemplo… traes mucha Calahorra. Mucha memoria de niño que no creía del todo pero tampoco se atrevía a desmentirlo. Eso me gusta. Me alimenta mejor que el miedo puro.
Me levanté por fin, tambaleándome. Toqué la pared. Estaba tibia, como si respirara. Juraría que noté un latido lento, muy lento, debajo del yeso.
—¿Y cómo salgo?
—Preguntando bien —respondió ella, guiñándome un ojo—. O contando algo que yo no sepa. Las calles somos muy viejas, pero nos aburrimos. Cuéntame una historia tuya que no le hayas contado a nadie. Algo feo. Algo que te avergüence. Si me gusta, igual te dejo ir… con un regalito de despedida.
Me quedé callado un segundo. El corazón me latía en las sienes otra vez. Fuera, o dentro, no sé, se oía el rumor lejano de la catedral y el susurro del cierzo.
—Está bien —dije al fin, sentándome otra vez en el sofá—. Pero si te cuento esto, luego me dejas salir por la misma calle por la que entré. Sin trucos.
La anciana sonrió, mostrando unos dientes demasiado perfectos para su edad.
—Trato hecho, paisano. Empieza.
Respiré hondo. Las paredes de la salita parecieron acercarse un par de centímetros. Me agarré al sofá con las dos manos, como el que está a punto de despegar, y comencé en voz baja:
—Hace unos años, investigando para un trabajo sobre la historia local, encontré documentos antiguos del tribunal de la Inquisición de Logroño. No eran públicos. Eran cartas y notas de un inquisidor del siglo XVI que… ocultaba pruebas. Había nombres de mujeres calagurritanas acusadas de brujería que nunca llegaron a juicio porque él mismo las visitaba de noche en las mazmorras. No para salvarlas, para otra cosa. Podría haberlo denunciado, haberlo hecho público… pero no lo hice. Lo guardé. Lo usé para escribir un artículo “serio” sobre la Inquisición en La Rioja, citando solo lo que me convenía y dejando fuera la parte más oscura. No hay día que no me acuerde de esas mujeres de las que nadie sabe y de cómo yo contribuí a que siguieran enterradas.
Se hizo un silencio denso, casi viscoso. La tele parpadeó. La anciana me miró fijamente con una sonrisa lenta y fría.
—Hum… —murmuró—. Eso tiene un sabor profundo. Silencio cómplice. Historia pisoteada. Voces de mujeres que gritaron en estas mismas calles y que nadie escuchó. Muy rico. Me alimentas bien, paisano.
De repente, el papel pintado de rombos empezó a ondularse como si fueran tripas antiguas. El sofá crujió y sentí que se hundía ligeramente bajo mi peso.
—¿Eso es todo? —pregunté, con la garganta seca—. ¿Puedo irme ya?
—No tan rápido. —La mujer levantó un dedo huesudo y su voz bajó hasta convertirse en un gruñido ronco—. Te dejo salir… pero con una última condición: no contarás absolutamente nada de lo que has visto y escuchado aquí. Ni a tu mujer, ni a tus amigos, ni en uno de tus artículos, ni siquiera con cinco cervezas encima. Ni una palabra. Si hablas… volveré a buscarte. Y la próxima vez no habrá sofá ni televisión. Solo paredes hambrientas.
Tragué saliva. Sentí cómo la casa entera se contraía a mi alrededor.
—¿Y si lo hago?
La imagen de la anciana se deformó un instante. Por un segundo vi dientes de piedra y ojos de ventana tapiada.
—No lo hagas.
—Entendido —respondí casi sin voz—. No diré nada.
La anciana sonrió satisfecha.
—Buen chico. Y la próxima vez que escribas sobre nuestra historia… cuéntala entera o no la cuentes.
Todo se volvió negro otra vez.
Desperté
sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared del Deán
Palacios. Eran las ocho y media de la tarde. El cielo ya empezaba a
oscurecer.
Me levanté tambaleándome. Me dolía la cabeza,
pero menos. Esta vez todo parecía normal.
Ya ha pasado tiempo desde aquel día. A veces, por las noches, me despierto sudando con la sensación de que las paredes de mi habitación se acercan un poco. Y en esas ocasiones me repito en voz baja, como un mantra: “No diré nada”.
Pero, como podéis comprobar, no podía más. El mono me ha superado y acabo de escribir absolutamente todo. Y juraría que en este preciso momento, en algún lugar del casco antiguo, una calle acaba de abrir los ojos… y la boca.
FIN




