miércoles, 27 de mayo de 2026

EL PINTOR (SEGUNDA PARTE)

 Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.


Pasaron varias semanas antes de que me atreviera a volver al parque. Guardaba el pincel en el cajón de la mesilla, envuelto en un paño suave, como si fuera algo sagrado. A veces lo sacaba y lo observaba a la luz de la lámpara. Los pelos, gastados por el uso, aún conservaban restos de un dorado antiguo. Me preguntaba si sería verdad, si realmente había hablado con un hombre que llevaba más de dos siglos muerto.

El otoño ya había dado paso a un invierno crudo. Los árboles del parque estaban desnudos y el suelo crujía bajo una fina capa de escarcha. Aun así, bajé una tarde de domingo, casi sin proponérmelo. El frío invitaba a caminar deprisa, pero yo iba despacio, mirando los bancos vacíos.

Y allí estaba.

Sentado en el mismo lugar, con la misma barba poblada y esa mirada serena que parecía atravesar el tiempo. Llevaba una capa gruesa sobre los hombros, como las que se usaban antaño.

—Buenas tardes tenga usted —dijo con la misma cortesía de la primera vez.

Me quedé parado a unos metros, sin saber muy bien si acercarme o salir corriendo. El corazón me latía con fuerza, igual que aquel día.

—Domingo… —murmuré.

Él sonrió con cierta tristeza.

—Veo que ya sabe quién soy. O quién fui.

Me senté a su lado, esta vez sin dudarlo. El banco estaba helado, pero no me importó. Saqué el pincel del bolsillo interior de la chaqueta y se lo mostré.

—Se le cayó aquel día.

Domingo lo miró con cariño, casi con nostalgia.

—Ah, mi viejo amigo. Lleva más tiempo conmigo del que pueda imaginar. Me acompañó en San Bartolomé, en Santiago, en la catedral… y en muchos otros lugares que ya nadie recuerda.

Un silencio cómodo se instaló entre nosotros. El viento movía las ramas desnudas produciendo un sonido seco, como de huesos viejos.

—¿Por qué yo? —pregunté al fin—. ¿Por qué se me apareció a mí?

El pintor se encogió de hombros.

Catedral de Calahorra

—Porque usted mira. La mayoría pasa por delante de las capillas, levanta la vista un segundo y sigue su camino. Usted se detiene. Observa los colores, las luces, las sombras. Intuye que detrás de cada dorado hay una historia. Por eso quise hablarle.

Sentí un extraño orgullo mezclado con vergüenza.

—Soy un simple aficionado —dije—. No entiendo casi nada de arte.

—Nadie entiende casi nada al principio —respondió con suavidad—. Lo importante es que le importa. Y en estos tiempos, eso ya es mucho.

Le devolví el pincel. Él lo tomó entre sus manos y lo hizo girar lentamente, como si estuviera recordando cada trazo que había dado con él.

—Sabe… —continuó—, la gente cree que restauramos solo paredes y techos. Pero en realidad intentamos restaurar la memoria. Que no se olviden los que vinieron antes. Que sepan que alguien, hace mucho tiempo, se pasó meses subido en un andamio, con frío, con calor, con dolor de espalda, solo para que otros pudieran levantar la vista y sentir algo grande.

La tarde caía deprisa. Las farolas del parque se encendieron una tras otra.

—¿Volverá? —pregunté.

Domingo sonrió con esa media sonrisa suya.

—Siempre vuelvo cuando alguien me necesita. O cuando alguien me busca de verdad.

Se levantó y se ajustó la capa. Antes de marcharse, puso una mano en mi hombro. Sentí su peso, real y cálido.

—Cuide el pincel. Y cuide también la catedral. No solo con los ojos, sino con el corazón. Es lo único que nos queda cuando todo lo demás se va.

Dio unos pasos y, como la primera vez, pareció fundirse con la penumbra. No desapareció de golpe. Simplemente se fue difuminando entre los árboles hasta que ya no distinguí su figura.

Me quedé un rato más sentado, con el frío calándome los huesos y una extraña calidez en el pecho.

Desde aquel día, cada vez que entro en la catedral y levanto la vista hacia la capilla de San Juan Bautista, siento que no estoy solo. Y a veces, solo a veces, me parece ver una figura menuda subida en un andamio invisible, dando los últimos retoques a un dorado que brilla con luz propia.

Y sonrío.

Porque ahora sé que la belleza no solo se crea. También se hereda. Y se devuelve.


FIN

jueves, 21 de mayo de 2026

CALLES CARNÍVORAS (SEGUNDA PARTE)

  Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.


 —Soy la calle —repitió la anciana, como si fuera lo más normal del mundo.

Me quedé mirándola con la boca abierta. El dolor de cabeza había bajado un poco, pero ahora sentía un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el mareo. La mujer de la tele sonrió con esa malicia tranquila de quien sabe que te tiene pillado.

—¿La calle? —conseguí balbucear—. ¿Qué calle? ¿San Sebastián?

Ella soltó una risita cascada que sonó a madera vieja crujiendo.

—Todas, hijo. Todas. Pero yo soy la que te ha tragado hoy. Las demás están… ocupadas.

Intenté incorporarme otra vez. Las piernas me respondieron a medias. El sofá olía a naftalina y a tiempo detenido, igual que la casa de mis abuelos cuando íbamos a comer los domingos. Miré alrededor buscando una puerta, una ventana, algo. Nada. Solo paredes con ese papel de rombos que parecía sacado de una película de los setenta.

—¿Y qué coño quieres de mí? —pregunté, intentando sonar más valiente de lo que estaba.

La anciana se acomodó el pañuelo azul con dedos llenos de anillos antiguos.

—Nada que no me hayas dado ya. Curiosidad. Os creéis muy listos los de ahora, con vuestros móviles y vuestras fotos para el Instagram. Entráis en mis tripas sin respeto, sin miedo. Antes, los niños sabían. Los abuelos contaban las historias y los chavales las creían. Ahora… ahora venís como si yo fuera un decorado bonito. Y yo tengo hambre.

Tragué saliva. Recordé las veces que había pasado por esa calle de pequeño sin hacer caso a las advertencias de mi madre: «No te metas por ahí cuando se hace de noche, que las calles tienen memoria».

—¿Entonces es verdad? ¿Os coméis a la gente?

—No a todos —dijo ella encogiéndose de hombros—. Solo a los que se adentran demasiado. A los que sienten la presión y siguen caminando en vez de dar media vuelta. A los que llevan dentro un poquito de oscuridad y no la reconocen.

La imagen de la tele parpadeó un segundo. Por un instante vi otra cosa: no una anciana, sino una especie de grieta oscura con dientes de ladrillo y argamasa. Parpadeé fuerte y volvió a ser la señora del moño.

—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Me vas a digerir aquí dentro para siempre? ¿Voy a acabar convertido en papel pintado o en tapicería de sofá?

La mujer soltó una carcajada que hizo vibrar el plasma.

—Qué dramático eres. No. Os escupimos… eventualmente. Pero cambiados. Algunos salen más callados. Otros más listos. Unos pocos no salen nunca. Depende de lo que traigáis dentro. Tú, por ejemplo… traes mucha Calahorra. Mucha memoria de niño que no creía del todo pero tampoco se atrevía a desmentirlo. Eso me gusta. Me alimenta mejor que el miedo puro.

Me levanté por fin, tambaleándome. Toqué la pared. Estaba tibia, como si respirara. Juraría que noté un latido lento, muy lento, debajo del yeso.

—¿Y cómo salgo?

—Preguntando bien —respondió ella, guiñándome un ojo—. O contando algo que yo no sepa. Las calles somos muy viejas, pero nos aburrimos. Cuéntame una historia tuya que no le hayas contado a nadie. Algo feo. Algo que te avergüence. Si me gusta, igual te dejo ir… con un regalito de despedida.

Me quedé callado un segundo. El corazón me latía en las sienes otra vez. Fuera, o dentro, no sé, se oía el rumor lejano de la catedral y el susurro del cierzo.

—Está bien —dije al fin, sentándome otra vez en el sofá—. Pero si te cuento esto, luego me dejas salir por la misma calle por la que entré. Sin trucos.

La anciana sonrió, mostrando unos dientes demasiado perfectos para su edad.

—Trato hecho, paisano. Empieza.

Respiré hondo. Las paredes de la salita parecieron acercarse un par de centímetros. Me agarré al sofá con las dos manos, como el que está a punto de despegar, y comencé en voz baja:

—Hace unos años, investigando para un trabajo sobre la historia local, encontré documentos antiguos del tribunal de la Inquisición de Logroño. No eran públicos. Eran cartas y notas de un inquisidor del siglo XVI que… ocultaba pruebas. Había nombres de mujeres calagurritanas acusadas de brujería que nunca llegaron a juicio porque él mismo las visitaba de noche en las mazmorras. No para salvarlas, para otra cosa. Podría haberlo denunciado, haberlo hecho público… pero no lo hice. Lo guardé. Lo usé para escribir un artículo “serio” sobre la Inquisición en La Rioja, citando solo lo que me convenía y dejando fuera la parte más oscura. No hay día que no me acuerde de esas mujeres de las que nadie sabe y de cómo yo contribuí a que siguieran enterradas.

Se hizo un silencio denso, casi viscoso. La tele parpadeó. La anciana me miró fijamente con una sonrisa lenta y fría.

—Hum… —murmuró—. Eso tiene un sabor profundo. Silencio cómplice. Historia pisoteada. Voces de mujeres que gritaron en estas mismas calles y que nadie escuchó. Muy rico. Me alimentas bien, paisano.

De repente, el papel pintado de rombos empezó a ondularse como si fueran tripas antiguas. El sofá crujió y sentí que se hundía ligeramente bajo mi peso.

—¿Eso es todo? —pregunté, con la garganta seca—. ¿Puedo irme ya?

—No tan rápido. —La mujer levantó un dedo huesudo y su voz bajó hasta convertirse en un gruñido ronco—. Te dejo salir… pero con una última condición: no contarás absolutamente nada de lo que has visto y escuchado aquí. Ni a tu mujer, ni a tus amigos, ni en uno de tus artículos, ni siquiera con cinco cervezas encima. Ni una palabra. Si hablas… volveré a buscarte. Y la próxima vez no habrá sofá ni televisión. Solo paredes hambrientas.

Tragué saliva. Sentí cómo la casa entera se contraía a mi alrededor.

—¿Y si lo hago?

La imagen de la anciana se deformó un instante. Por un segundo vi dientes de piedra y ojos de ventana tapiada.

—No lo hagas.

—Entendido —respondí casi sin voz—. No diré nada.

La anciana sonrió satisfecha.

—Buen chico. Y la próxima vez que escribas sobre nuestra historia… cuéntala entera o no la cuentes.

Todo se volvió negro otra vez.

Desperté sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared del Deán Palacios. Eran las ocho y media de la tarde. El cielo ya empezaba a oscurecer.
Me levanté tambaleándome. Me dolía la cabeza, pero menos. Esta vez todo parecía normal.

Ya ha pasado tiempo desde aquel día. A veces, por las noches, me despierto sudando con la sensación de que las paredes de mi habitación se acercan un poco. Y en esas ocasiones me repito en voz baja, como un mantra: “No diré nada”.

Pero, como podéis comprobar, no podía más. El mono me ha superado y acabo de escribir absolutamente todo. Y juraría que en este preciso momento, en algún lugar del casco antiguo, una calle acaba de abrir los ojos… y la boca.


FIN


martes, 19 de mayo de 2026

EL HOMBRE LOBO DE CALAHORRA (SEGUNDA PARTE)

 Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.


Pero la cadena no se rompió del todo.

Hace apenas cuatro días recibí una llamada desde un número oculto. Era una mujer. Se identificó solo como “Elena, la nieta de quien te contó lo de Antonio”. Su voz sonaba rota, como si hubiera llorado mucho y dormido poco. Me pidió que nos viéramos en un sitio discreto, lejos de Calahorra y de Pamplona. Elegimos un bar de carretera a las afueras de Logroño, de esos que cierran tarde y donde nadie hace preguntas.

Llegó envuelta en un abrigo oscuro a pesar del calor que aún hacía. Tenía unos cuarenta y pocos años, ojos claros y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Nada más sentarse, sacó del bolso un sobre amarillento y me lo puso delante.

—Mi abuelo no te lo contó todo —dijo sin preámbulos—. Hay más. Mucho más.

Dentro del sobre había dos fotografías antiguas y una hoja con membrete de algún hospital. En la primera foto se veía a un hombre joven, fuerte, de mirada intensa, posando junto a un camión de los años setenta. Se llamaba Marcos, descendiente directo de Antonio. Trabajaba de transportista entre La Rioja y Galicia. Según Elena, en tres ocasiones diferentes había “perdido” varios días de su vida. Despertaba en el arcén de alguna carretera secundaria, con la ropa rota, sangre bajo las uñas y un sabor metálico en la boca que no conseguía quitarse ni frotándose con jabón ni chupando caramelos Halls de eucalipto mentolado.

La segunda foto era más inquietante: la misma cara, pero tomada con flash en un bosque de noche. Los ojos reflejaban la luz como los de un animal. La fecha escrita detrás era del 23 de diciembre de 1986.

—El día de la matanza de la aldea de Os Castiñeiros —susurró Elena—. Mataron a tres personas y destrozaron a un pastor como si lo hubiera pisoteado un toro bravo. Nunca cogieron al responsable. Mi abuelo siempre dijo que Marcos llegó a casa al amanecer del 24, temblando, sin recordar nada, pero con trozos de lana y carne entre los dientes.

El tercer documento era un informe médico de 1991. Diagnóstico: “Trastorno disociativo severo con episodios de conducta violenta nocturna”. Lo habían internado dos veces en un psiquiátrico de Bilbao. Salió ambas veces. La tercera vez no llegó a ingresar: desapareció del hospital una noche de luna llena.

Elena me miró fijamente.

—Marcos tuvo un hijo en 1993. Mi primo Daniel. Yo soy la única que todavía mantiene contacto con él… o al menos lo mantenía hasta hace dos meses. Desde entonces no contesta al teléfono. Solo me dejó un mensaje de voz a las tres de la madrugada. Se oía su respiración agitada y, de fondo, como si estuviera corriendo entre árboles. Solo dijo: “Ya viene. Ya viene otra vez. Dile a quien te contó la historia que la estirpe no se rompe. Y que esta vez… esta vez no quiero parar”.

Desde aquella noche, Elena duerme con todas las luces encendidas y un cuchillo bajo la almohada. Dice que ha empezado a notar cambios en su propio cuerpo: uñas que crecen más rápido de lo normal, un hambre que no se sacia con comida normal, y sueños en los que corre a cuatro patas por Los Agudos persiguiendo algo que grita como una persona.

Antes de despedirnos me agarró del brazo con fuerza y me dijo algo que aún me eriza la piel:

—Si dentro de un mes no has vuelto a saber de mí… publica todo esto. Que la gente sepa que no es solo una leyenda de Calahorra. Que siguen aquí. Que somos muchos más de los que imaginan.
Y se marchó.

Yo, por si acaso, ya he cambiado las cerraduras de casa y he puesto rejas en las ventanas. También he comprado balas de plata, aunque sé que probablemente sea una tontería romántica. Pero uno nunca sabe.

Y vosotros… ¿dormiréis tranquilos esta noche sabiendo que quizás, solo quizás, el pasajero que viaja a vuestro lado en el autobús nocturno, o ese vecino que sale a pasear cuando hay luna llena, lleva dentro algo que no es del todo humano? Yo, desde luego, ya no.


jueves, 23 de octubre de 2025

A UNOS LES TOCA EN GAMBIA Y A OTROS EN PEKÍN, Y A MÍ ME TOCÓ NACER AQUÍ

 


Me gusta observar las estrellas y la luna, escuchar el discurrir del agua del río, percibir el olor de la hierba mojada… Pertenezco a la diversidad de este grandioso mundo. Soy calagurritano, riojano y español. Me enorgullece mucho serlo, no lo voy a negar, sobre todo lo primero. Sin embargo, al igual que el resto de mortales, no escogí dónde nacer. Ya nos viene impreso en una etiqueta invisible de un origen desconocido cuando llegamos al interior de nuestras madres. Es como si alguien lanza unas cuantas fichas sobre un tablero y cada una cae donde cae. Todo esto vino a mi mente siendo aún un niño. Escuchaba Madrid, una canción de primeros años de los ochenta del grupo Mecano que en su comienzo dice así: “A unos les toca en Gambia y a otros en Pekín, y a mí me tocó nacer en Madrid. Y no es un trauma ni un orgullo para mí, porque no me dejaron elegir”. Comencé a preguntarme qué hubiera sido de mí de haber venido al mundo en otro lugar, como por ejemplo en la ciudad senegalesa de Saint Louis, donde miles de niños sin hogar piden limosna a diario; o en cualquier aldea de Corea del Norte… o en Gaza, y estar ahora escapando de la muerte sin nada en los bolsillos. La misma pregunta surge con el tiempo: ¿Y si hubiera nacido en esa España previa a la Guerra Civil? Nacer es entrar a formar parte de un mundo de relaciones, de discursos y de normas que no hemos elegido. Se nos impone el lugar, la época y el sexo, entre otras cosas; solo por eso estamos obligados a respetarnos.

Recuerdo mi primera salida al extranjero, también de niño, donde descubrí que, a pesar de hablar distinto, la gente tenía ojos, boca, nariz, brazos y piernas como yo; que comían y bebían como yo; que lloraban y reían como yo. Desde entonces solo veo personas allá donde voy. No veo negros, pobres, ricos, gays, hombres, mujeres… No, solo veo personas y, quizá, la única catalogación que haga de ellas sea si son o no buenas personas, lo demás me da igual.

Creernos propietarios de una ciudad, región o país por el mero hecho de haber nacido  o  pagar impuestos en ellos es un gran error. Todos somos iguales y todos tenemos derecho a vivir dignamente en un planeta que tiene recursos para abastecer a la totalidad de la población. ¿Utopía? Llamadle como queráis. Estamos aquí de paso, y eso nos obliga a respetar y mantener lo mejor posible el lugar donde vivimos. Las futuras generaciones no deben pagar nuestro egoísmo. Nadie es más que nadie, aunque los sistemas que nos gobiernan practiquen lo contrario, y aquellos que tenemos la suerte de vivir en paz y tranquilidad debemos estar y ser agradecidos, y pensar un poco en los que viven en Gambia, Senegal, Gaza o Corea del Norte, que posiblemente también tengan la oportunidad en algún momento de sus vidas de observar las estrellas y la luna, escuchar el discurrir del agua de un río y percibir el olor de la hierba mojada.

jueves, 20 de julio de 2023

CALLES CARNÍVORAS

 

Recuerdo que la primera vez que visité Toledo quedé hipnotizado. La ciudad de las tres culturas me maravilló desde el principio, y eso que casi me encierran por propinarle un tremendo empujón a Teodoro Obiang, presidente de Guinea Ecuatorial, cuando salía corriendo a la calle después de contemplar El entierro del conde de Orgaz, famoso cuadro de El Greco que se encuentra expuesto en la iglesia de Santo Tomé (si aún no la sabéis, ya os contaré esa historia). Fue en un viaje familiar con padres, tíos y abuelos (todos a una). La segunda fue justo dos años después con el colegio, en 8º de EGB (los más jóvenes os preguntaréis qué coño es eso, pero os aseguro que es algo posterior al pleistoceno). En uno de esos dos viajes (ahora no recuerdo en cuál) nos adentramos en una maraña de callejuelas. El guía, todo digno, nos dijo que eran tan estrechas que, si poníamos los brazos en cruz, seríamos capaces de tocar las paredes de los dos lados de la calle. Así que todos, con cara de asombro, nos pusimos a ello. Bueno, todos no; yo también estaba sorprendido, pero precisamente de lo contrario: de que nadie dijera que en nuestra Calahorra también podíamos hacer eso mismo en varias calles.

Y es que es cierto. Si nos adentramos en el casco antiguo calagurritano (dejemos ya Toledo atrás), comprobaremos la gran estrechez de algunas calles, hasta el punto de notar que las paredes se te echan encima mientras caminas.

De pequeño había escuchado a algunos abuelos una historia sobre calles carnívoras. Calles que se comían a los niños que paseaban por ellas a horas intempestivas o no muy aptas para ellos. Al principio, como es natural, te crees todo. Con el tiempo y la madurez vas descubriendo que son simples cuentos para aterrar a los chavales e intentar que no salgan solos a ciertas horas. Pero ¿cómo os quedaríais si os digo que es verdad?



Veréis. Estaba embelesado contemplando la catedral y el magnífico paisaje que se divisa desde los nuevos miradores de San Francisco cuando, de repente, recordé esa historia que tantas veces había escuchado de pequeño. Serían aproximadamente las seis de la tarde de hace un par de domingos, si no recuerdo mal. Como ya pudisteis comprobar en mis anteriores aventuras (sobre todo con la puerta de San Jerónimo), mis ansias por descubrirlo todo no me dejan parar. Así que me dirigí a la calle San Sebastián, a muy poquitos metros de allí. Entré por el ala izquierda, dejando a mi derecha el edificio del Deán Palacios, y caminé despacio. Enseguida noté una leve presión en las sienes. Me detuve y respiré hondo. Miré a izquierda y derecha, arriba y abajo, pero no vi nada raro. Continué. A medida que avanzaba, el dolor se hacía más y más fuerte, hasta hacerme cerrar los ojos para soportarlo mejor. No entendía nada de lo que me estaba sucediendo. Un par de minutos antes me encontraba perfectamente y ahora… “Se pasará” pensé y decidí seguir adelante. Me fui hacia la derecha y luego otra vez de frente. En ese punto la calle se estrechaba aún más, pero era mi cabeza lo que estaba a punto de reventar. Intenté acelerar el paso sin conseguirlo. Finalmente me detuve. Todo me daba vueltas, aunque había algo que estaba a punto de hacerme entrar en pánico: las paredes de ambos lados venían hacia mí. Me puse de perfil. Seguían avanzando. Morir aplastado por una calle del casco antiguo, y quién sabe si engullido por ella, no era la mejor manera de dejar este mundo, por muy cabrón que fuera a veces. Intenté rezar, pero entre el dolor tan intenso que sentía y el pánico, no pude completar ni la primera frase del padrenuestro. Abandonado a mi suerte y sin fuerzas, cerré los ojos y esperé la llegada de la parca. Me pregunté qué ser querido, ya fallecido, vendría a mi encuentro y cómo sería el túnel del que tanto hablan los que han vivido experiencias cercanas a la muerte. Oscuridad. Silencio. Más oscuridad. Más silencio.

Me despertó el sonido de un televisor a todo volumen. Era un plasma de unas 50 pulgadas, algo demasiado grande para una sala tan pequeña. Tampoco pegaba nada en una decoración con muebles viejos y un papel pintado de rombos cubriendo las paredes. Me recordó mucho a mi infancia, a aquella España de finales de los setenta. Estaba aturdido y algo mareado. Pestañeé con fuerza un par de veces para ver si lo que estaba viendo era real. Allí seguía. Por más que miraba, más extraña me resultaba la estancia. Salvo la tele, todo lo que allí había era de hace medio siglo, incluso el sofá donde estaba tumbado era idéntico al que había en casa de mis abuelos. Lo sorprendente era que todo parecía nuevo o muy poco usado. Era como si hubieran detenido el tiempo, pero… ¿quién? Allí no había nadie. Intenté incorporarme y ponerme en pie. No pude. Estaba tremendamente débil, así que volví a acostarme.

—¿Hola? —saludé con hilo de voz—. ¿Hay alguien aquí?

Nadie respondió. El dolor de cabeza no me dejaba pensar ni averiguar qué demonios podía ser todo aquello. Entonces recordé cómo había llegado allí… las paredes aplastándome… Me entró pánico y grité.

—¿Qué coño es esto? —Ahora mi tono de voz era más fuerte, aunque poco firme—. ¿Dónde estoy?

De repente la televisión comenzó a parpadear y, tras una niebla de unos segundos, una anciana apareció en pantalla. Vestía una chaqueta azul, un pañuelo a juego y llevaba el pelo blanco recogido en un gran moño. Un excesivo maquillaje no impedía camuflar la tira de años que podría tener aquella mujer. Noventa, cien… quizá más. Sonrió mientras miraba fijamente a la pantalla.

—Hola —dijo saludando a cámara—. Te hablo a ti, al que se encuentra medio tumbado en el sofá.

Miré a izquierda y derecha, y muerto de miedo pregunté señalándome el pecho.

—¿Me dice a mí?

—Sí, claro. Tú eres el que busca respuestas.

Pensé en lo absurdo de la situación, pero una sensación terrorífica recorría todo mi cuerpo.

—¿Qui-qui-quién es usted?

La mujer puso los ojos en blanco, sonrió maliciosamente y respondió.

—Soy la calle.

 

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