Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.
Y PASA LA VIDA
y no has notado que has vivido cuando pasa la vida
martes, 19 de mayo de 2026
EL HOMBRE LOBO DE CALAHORRA (SEGUNDA PARTE)
jueves, 23 de octubre de 2025
A UNOS LES TOCA EN GAMBIA Y A OTROS EN PEKÍN, Y A MÍ ME TOCÓ NACER AQUÍ
Me
gusta observar las estrellas y la luna, escuchar el discurrir del agua del río,
percibir el olor de la hierba mojada… Pertenezco a la diversidad de este
grandioso mundo. Soy calagurritano, riojano y español. Me enorgullece mucho
serlo, no lo voy a negar, sobre todo lo primero. Sin embargo, al igual que el
resto de mortales, no escogí dónde nacer. Ya nos viene impreso en una etiqueta
invisible de un origen desconocido cuando llegamos al interior de nuestras
madres. Es como si alguien lanza unas cuantas fichas sobre un tablero y cada
una cae donde cae. Todo esto vino a mi mente siendo aún un niño. Escuchaba Madrid, una canción de primeros años de
los ochenta del grupo Mecano que en
su comienzo dice así: “A unos les toca en Gambia y a otros en Pekín, y a mí me
tocó nacer en Madrid. Y no es un trauma ni un orgullo para mí, porque no me
dejaron elegir”. Comencé a preguntarme qué hubiera sido de mí de haber venido
al mundo en otro lugar, como por ejemplo en la ciudad senegalesa de Saint
Louis, donde miles de niños sin hogar piden limosna a diario; o en cualquier
aldea de Corea del Norte… o en Gaza, y estar ahora escapando de la muerte sin
nada en los bolsillos. La misma pregunta surge con el tiempo: ¿Y si hubiera
nacido en esa España previa a la Guerra Civil? Nacer es entrar a formar parte
de un mundo de relaciones, de discursos y de normas que no hemos elegido. Se nos
impone el lugar, la época y el sexo, entre otras cosas; solo por eso estamos
obligados a respetarnos.
Recuerdo
mi primera salida al extranjero, también de niño, donde descubrí que, a pesar
de hablar distinto, la gente tenía ojos, boca, nariz, brazos y piernas como yo;
que comían y bebían como yo; que lloraban y reían como yo. Desde entonces solo
veo personas allá donde voy. No veo negros, pobres, ricos, gays, hombres,
mujeres… No, solo veo personas y, quizá, la única catalogación que haga de
ellas sea si son o no buenas personas, lo demás me da igual.
Creernos
propietarios de una ciudad, región o país por el mero hecho de haber
nacido o
pagar impuestos en ellos es un gran error. Todos somos iguales y todos
tenemos derecho a vivir dignamente en un planeta que tiene recursos para abastecer
a la totalidad de la población. ¿Utopía? Llamadle como queráis. Estamos aquí de
paso, y eso nos obliga a respetar y mantener lo mejor posible el lugar donde
vivimos. Las futuras generaciones no deben pagar nuestro egoísmo. Nadie es más
que nadie, aunque los sistemas que nos gobiernan practiquen lo contrario, y
aquellos que tenemos la suerte de vivir en paz y tranquilidad debemos estar y
ser agradecidos, y pensar un poco en los que viven en Gambia, Senegal, Gaza o Corea del Norte, que posiblemente también tengan la oportunidad en algún momento de
sus vidas de observar las estrellas y la luna, escuchar el discurrir del agua
de un río y percibir el olor de la hierba mojada.
jueves, 20 de julio de 2023
CALLES CARNÍVORAS
Recuerdo
que la primera vez que visité Toledo quedé hipnotizado. La ciudad de las tres
culturas me maravilló desde el principio, y eso que casi me encierran por
propinarle un tremendo empujón a Teodoro Obiang, presidente de Guinea
Ecuatorial, cuando salía corriendo a la calle después de contemplar El entierro
del conde de Orgaz, famoso cuadro de El Greco que se encuentra expuesto en la
iglesia de Santo Tomé (si aún no la sabéis, ya os contaré esa historia). Fue en
un viaje familiar con padres, tíos y abuelos (todos a una). La segunda fue
justo dos años después con el colegio, en 8º de EGB (los más jóvenes os
preguntaréis qué coño es eso, pero os aseguro que es algo posterior al
pleistoceno). En uno de esos dos viajes (ahora no recuerdo en cuál) nos
adentramos en una maraña de callejuelas. El guía, todo digno, nos dijo que eran
tan estrechas que, si poníamos los brazos en cruz, seríamos capaces de tocar
las paredes de los dos lados de la calle. Así que todos, con cara de asombro, nos
pusimos a ello. Bueno, todos no; yo también estaba sorprendido, pero
precisamente de lo contrario: de que nadie dijera que en nuestra Calahorra
también podíamos hacer eso mismo en varias calles.
Y
es que es cierto. Si nos adentramos en el casco antiguo calagurritano (dejemos
ya Toledo atrás), comprobaremos la gran estrechez de algunas calles, hasta el
punto de notar que las paredes se te echan encima mientras caminas.
De
pequeño había escuchado a algunos abuelos una historia sobre calles carnívoras.
Calles que se comían a los niños que paseaban por ellas a horas intempestivas o
no muy aptas para ellos. Al principio, como es natural, te crees todo. Con el
tiempo y la madurez vas descubriendo que son simples cuentos para aterrar a los
chavales e intentar que no salgan solos a ciertas horas. Pero ¿cómo os
quedaríais si os digo que es verdad?
Veréis.
Estaba embelesado contemplando la catedral y el magnífico paisaje que se divisa
desde los nuevos miradores de San Francisco cuando, de repente, recordé esa
historia que tantas veces había escuchado de pequeño. Serían aproximadamente
las seis de la tarde de hace un par de domingos, si no recuerdo mal. Como ya
pudisteis comprobar en mis anteriores aventuras (sobre todo con la puerta de
San Jerónimo), mis ansias por descubrirlo todo no me dejan parar. Así que me
dirigí a la calle San Sebastián, a muy poquitos metros de allí. Entré por el
ala izquierda, dejando a mi derecha el edificio del Deán Palacios, y caminé
despacio. Enseguida noté una leve presión en las sienes. Me detuve y respiré
hondo. Miré a izquierda y derecha, arriba y abajo, pero no vi nada raro.
Continué. A medida que avanzaba, el dolor se hacía más y más fuerte, hasta hacerme
cerrar los ojos para soportarlo mejor. No entendía nada de lo que me estaba
sucediendo. Un par de minutos antes me encontraba perfectamente y ahora… “Se
pasará” pensé y decidí seguir adelante. Me fui hacia la derecha y luego otra
vez de frente. En ese punto la calle se estrechaba aún más, pero era mi cabeza
lo que estaba a punto de reventar. Intenté acelerar el paso sin conseguirlo.
Finalmente me detuve. Todo me daba vueltas, aunque había algo que estaba a
punto de hacerme entrar en pánico: las paredes de ambos lados venían hacia mí.
Me puse de perfil. Seguían avanzando. Morir aplastado por una calle del casco
antiguo, y quién sabe si engullido por ella, no era la mejor manera de dejar
este mundo, por muy cabrón que fuera a veces. Intenté rezar, pero entre el
dolor tan intenso que sentía y el pánico, no pude completar ni la primera frase
del padrenuestro. Abandonado a mi suerte y sin fuerzas, cerré los ojos y esperé
la llegada de la parca. Me pregunté qué ser querido, ya fallecido, vendría a mi
encuentro y cómo sería el túnel del que tanto hablan los que han vivido
experiencias cercanas a la muerte. Oscuridad. Silencio. Más oscuridad. Más
silencio.
Me
despertó el sonido de un televisor a todo volumen. Era un plasma de unas 50
pulgadas, algo demasiado grande para una sala tan pequeña. Tampoco pegaba nada
en una decoración con muebles viejos y un papel pintado de rombos cubriendo las
paredes. Me recordó mucho a mi infancia, a aquella España de finales de los
setenta. Estaba aturdido y algo mareado. Pestañeé con fuerza un par de veces
para ver si lo que estaba viendo era real. Allí seguía. Por más que miraba, más
extraña me resultaba la estancia. Salvo la tele, todo lo que allí había era de
hace medio siglo, incluso el sofá donde estaba tumbado era idéntico al que
había en casa de mis abuelos. Lo sorprendente era que todo parecía nuevo o muy
poco usado. Era como si hubieran detenido el tiempo, pero… ¿quién? Allí no
había nadie. Intenté incorporarme y ponerme en pie. No pude. Estaba tremendamente
débil, así que volví a acostarme.
—¿Hola?
—saludé con hilo de voz—. ¿Hay alguien aquí?
Nadie
respondió. El dolor de cabeza no me dejaba pensar ni averiguar qué demonios
podía ser todo aquello. Entonces recordé cómo había llegado allí… las paredes
aplastándome… Me entró pánico y grité.
—¿Qué
coño es esto? —Ahora mi tono de voz era más fuerte, aunque poco firme—. ¿Dónde
estoy?
De
repente la televisión comenzó a parpadear y, tras una niebla de unos segundos,
una anciana apareció en pantalla. Vestía una chaqueta azul, un pañuelo a juego
y llevaba el pelo blanco recogido en un gran moño. Un excesivo maquillaje no
impedía camuflar la tira de años que podría tener aquella mujer. Noventa, cien…
quizá más. Sonrió mientras miraba fijamente a la pantalla.
—Hola
—dijo saludando a cámara—. Te hablo a ti, al que se encuentra medio tumbado en
el sofá.
Miré
a izquierda y derecha, y muerto de miedo pregunté señalándome el pecho.
—¿Me
dice a mí?
—Sí,
claro. Tú eres el que busca respuestas.
Pensé
en lo absurdo de la situación, pero una sensación terrorífica recorría todo mi
cuerpo.
—¿Qui-qui-quién
es usted?
La
mujer puso los ojos en blanco, sonrió maliciosamente y respondió.
—Soy
la calle.
jueves, 16 de febrero de 2023
AMOR Y GUERRA EN BERLÍN
Hace mucho frío en Berlín. Corren los últimos días
de 1944 y el Ejército Rojo se aproxima a la ciudad. Ritter ha quedado con Leyna
cerca de la casa de esta. Tiene que decirle algo muy importante.
—¿Estás bien? —pregunta ella—. Te noto un poco
pálido.
—Me han reclutado.
—¿Cómo? Pero si solo tienes dieciséis años.
—Mandaron una notificación a casa. Han llamado a
filas a todos los hombres de entre dieciséis y sesenta años.
—No lo entiendo. —La joven no sale de su asombro—.
¿No tenemos el mejor ejército del mundo?
—Teníamos —corrige él—. Desde agosto hasta ahora
hemos perdido nuestras conquistas en Francia, Yugoslavia, Bélgica y Grecia,
aunque ahora estamos luchando en las Ardenas, pero no pinta bien la cosa. Una
cosa es lo que diga la radio y otra la verdad. Lo que parece claro es que los
soviéticos están a las puertas de Berlín y el Führer nos necesita a todos.
—¿Y qué sabes tú de armas?
—Eso no importa. Han creado la milicia nacional
para instruirnos lo más rápidamente posible. Cuando empezó la guerra yo era un
niño, pero ahora ya soy un hombre y para mí es un honor defender a mi país.
—Entonces ya no nos veremos en mucho tiempo, ¿no?
Ritter la abraza fuertemente mientras ella llora
desconsolada. Se conocen desde hace año y medio, cuando el muchacho comenzó a
ayudar a un tío de Leyna en el reparto del correo. Desde entonces no se han
dejado de ver ni un solo día.
—Toma esto —dice Ritter entregándole una cajita verde
que ha sacado del bolsillo de su pantalón—. Pero tienes que prometerme algo.
—¿Qué? —pregunta ella sorprendida.
—Que solo la abrirás si me pasa algo y no nos
volvemos a ver.
Leyla vuelve a llorar con más fuerza.
—No quiero perderte, Ritter.
—Siempre estaremos juntos —responde él—. Ahora debo
irme. Mañana tengo que estar muy temprano en el centro de reclutamiento.
Se despiden con un largo beso mezclado con
lágrimas.
Durante la semana siguiente, Ritter recibe clases
intensivas junto a cientos de hombres, muchos de los cuales no han cogido un
arma en su vida. A los ocho días de instrucción, el joven ya sabe utilizar el
panzerfaust, un lanzagranadas antitanque de funcionamiento muy sencillo. El
panzerfaust supone un grave peligro para los acorazados soviéticos. Debido a la
escasez de soldados, Ritter participa también en la fortificación de la ciudad,
cortando calles mediante edificaciones de tierra y piedras. Otros compañeros
son mientras tanto enviados a explosionar los puentes sobre el río Spree para
dificultar el avance de los rojos cuando entren y poder ganar tiempo. Durante
este periodo de preparación, los jóvenes enamorados no pueden verse, como ya
habían previsto, pero Ritter logra enviar cartas a Leyna. La muchacha las
guarda todas como un tesoro junto a la enigmática cajita verde. En ellas Ritter
le habla del futuro juntos, de formar una familia y vivir en paz en una
Alemania aún grandiosa.
El dieciséis de abril de1945 entran por fin en
Berlín las tropas del Ejército Rojo. Ritter se encuentra en el sector
Rangsdorf, uno de los nueve en los que los alemanes han dividido la ciudad para su defensa. Su
posición es en el interior, próximo a la Ciudadela, en el centro de la capital,
donde están los edificios gubernamentales. Entre ellos sobresale la Cancillería
del Reich, en cuyo sótano se encuentra el búnker de Hitler. Este se divide a su
vez en dos partes: el Vorbunker (parte delantera construida en 1936) y el
Führerbunker, de ejecución reciente y donde se alojan Hitler y Goebbels bajo la
protección de una plancha de hormigón de casi cinco metros de espesor.
Cuatro días después, el 20 de abril, Ritter es
llamado a las inmediaciones de la Cancillería. Allí, junto a los combatientes
más jóvenes del ejército alemán, es felicitado por Adolf Hitler. El Führer
quiere así rendir homenaje a estos muchachos en el día de su 56 cumpleaños. El
joven está muy nervioso. Nunca ha visto al gran líder tan cerca. Sin embargo,
al llegar a su altura para estrecharle la mano, se da cuenta de que su mirada
ya no es tan intimidatoria y parece algo perdida, como si estuviera bajo la
influencia de sustancias estupefacientes. Además es de estatura parecida a la
suya: 1,75. Es como si Hitler, tras doce años en el poder, desde aquel 30 de
Enero de 1933 en el que fue nombrado Canciller, ya supiera que su imperio se
desmorona por completo y que el final se aproxima, más aún desde que el
Ejército Rojo entrara el 12 de enero en territorio alemán durante
la ofensiva del Vístula-Óder y avanzara hacia el oeste a una gran
velocidad, de hasta cuarenta kilómetros al día, y en febrero comenzaran los
bombardeos masivos de los aliados sobre Dresde. Ritter entra en pánico. Nunca
pensó que eso llegara a ocurrir. Nadie podía imaginar que la mayor potencia
militar del mundo cayera algún día. Pero eso, en definitiva, no parece
importarle mucho si lo compara con Leyna. Nada sería peor que no poder volver a
ver a su amiga inseparable, a su único amor. Esto le duele aún más que cualquier
herida de guerra que pueda tener.
Los siguientes días son caóticos. Los defensores
alemanes, dirigidos principalmente por Helmuth Weidling, en agotadas, mal
equipadas y desorganizadas divisiones de la Wehrmacht y
las Waffen-SS, a las que se suman muchos voluntarios extranjeros de
las SS, entre ellos más de trescientos españoles y un puñado de franceses de la División
Charlemagne, y voluntarios mal entrenados de las Juventudes
Hitlerianas y el Volkssturm,
apenas ofrecen resistencia a los soviéticos, que avanzan rápidamente
a través de las calles de Berlín hasta llegar al centro de la ciudad. Allí los
combates se empiezan a librar cuerpo a cuerpo y casa por casa. El 30 de abril,
Ritter y doce compañeros se ven sorprendidos en una emboscada soviética
mientras intentaban cargar sus panzerfaust en lo alto de un edificio. Son
acribillados literalmente por continuas descargas de ametralladora PPSh-41 que acaba con sus vidas. El
inconveniente principal del panzerfaust es su limitado alcance en campo
abierto; sin embargo, en la ciudad resulta más fácil. De ahí que los
combatientes del Volkssturm se escondan en los edificios y abran fuego desde
las ventanas. Esta vez no les ha salido bien. Las calles y casas de la capital
alemana se encuentran llenas de cadáveres, la gran mayoría de los caídos en
acciones de guerra son de hombres reclutados a finales de 1944 que, como Ritter,
no tenían experiencia en el combate. Pero también hay muchas víctimas civiles,
ya que el Alto mando alemán, con Goebbels al frente, ha decidido no evacuar a
la población y prohibido salir a cualquier persona de la ciudad. Solo los altos
funcionarios con un permiso especial han logrado hacerlo. Esto ha ocasionado
muchas muertes por falta de provisiones, sobre todo de comida y medicinas.
Todos los sueños de un
chaval de dieciséis años se ven esfumados por la locura de un hombre que se
creyó todopoderoso y llevó a su país a una guerra por conquistar el mundo. En
el camino han quedado millones de víctimas inocentes y un exterminio sin
precedentes.
El mismo día de la muerte
de Ritter, el 30 de abril, Hitler y su prometida, al ver todo perdido, se
suicidan en el búnker. Al día siguiente, Goebbels, el sucesor, hace lo mismo.
El comandante Weidling informa a los soviéticos de la muerte del Führer y trata
de acordar un armisticio, pero Stalin se niega y ordena la rendición
incondicional. Por ello, en la madrugada del 2 de mayo, Weidling detiene la
resistencia y se entrega junto a sus hombres al Ejército Rojo, poniendo fin a
la batalla por Berlín y prácticamente a la guerra.
Pasan unos cuantos días
de tensión e incertidumbre hasta que se dan a conocer los nombres de los
fallecidos en combate. La familia de Ritter no sabe nada del muchacho desde
hace días e intuyen lo peor. Se publican unas interminables listas y se colocan
a los pies de los edificios que aún quedan en pie. Leyna es una de las muchas
chicas que se agolpan para poder leer los nombres que, en muchos casos, no
aparecen ni por orden alfabético, lo cual dificulta mucho más la búsqueda.
Finalmente lo encuentra y se aleja poco a poco. No grita, no llora, solo camina
en silencio cabizbaja hasta llegar a su casa. Hace escasos dos días que sus
padres han abandonado el sótano y han vuelto a ocupar la vivienda. Su casa, a
diferencia de otras, no ha sufrido daños considerables, solo algún cristal roto
y más grietas de las que ya había. La joven se encierra en su habitación, un
cuarto aún frío y poco acogedor en la ya primavera alemana. Se desploma boca
abajo sobre su cama y comienza a llorar. Llora sin parar lo que se ha tenido
que contener estos días. Todo se ha terminado: los sueños, las ilusiones y un
futuro que parecía prometedor. Maldita
guerra, ¿por qué nos ha tenido que suceder a nosotros?
Se pregunta una y otra vez. Así pasa una hora, recordando momentos felices
junto a Ritter, recuerdos que nada ni nadie podrán borrar. Después se levanta y
abre el cajón de su escritorio. Allí está la cajita verde. La mira, la toca,
pero no la abre. Es como si negara lo ocurrido. Todavía no se siente preparada.
Pasan los días y se van conociendo
datos. La entrada en Berlín del ejército Rojo ha ocasionado más de ciento
ochenta mil muertos. La ciudad está prácticamente en ruinas. Los escombros se
amontonan por todas las calles. El 13 de mayo, once días después de la
rendición alemana, el general en jefe de la Administración Militar Soviética,
mariscal Grigori Zukov, confirmaba en su cargo a los nuevos
miembros del Ayuntamiento de Berlín nombrados por el comandante soviético de la
ciudad, general Bersarin. Los elegidos tomaron posesión de su cargo en seis
días. Al mes, Berlín queda dividida en dos sectores: el occidental, ocupado
por norteamericanos, británicos y franceses, con cuatrocientosochenta
kilómetros cuadrados de extensión y más de dos millones de habitantes, y
el soviético, con cuatrocientos kilómetros cuadrados y un millón de
habitantes.
Ha llegado el momento. El
calor parece mitigar un poco las penas. Amanece un día de agosto en el Berlín
de después de la guerra. Leyna se levanta con ganas, decide ser fuerte y abrir
la cajita verde que le entregó su novio cuando fue alistado. Hay una hoja perfectamente
doblada en muchas partes. La saca y ve que debajo se agolpan unos cuantos
pétalos de margarita. Una lágrima comienza a resbalar por su mejilla, pero
desdobla con cuidado el papel y lee:
Querida Leyna:
Si estás leyendo esto, es que nuestros caminos se han separado
definitivamente. Cuando vas a una guerra sabes que tienes muchas posibilidades
de no regresar con vida, aunque estés muy cerca de casa. ¿Recuerdas cuando
deshojaste una margarita el día que te pedí salir? Yo recogí los pétalos, como
puedes ver. Ese fue el inicio y hoy es el final. Procura ser feliz, aunque me
lleves siempre en tu recuerdo, porque las bombas y balas podrán ganar una
guerra, pero nunca podrán destruir el amor.
Te quiero.
Ritter
Leyna seca sus lágrimas,
vuelve a doblar la carta y la mete, junto a los pétalos, en la cajita. Después
se arregla y sale a la calle con la cabeza alta y la mirada risueña. Hoy
comienza a trabajar en una peluquería. Siempre tuvo la ilusión de ser una gran
peluquera. La vida sigue, aunque ya nada será igual que antes de la guerra.
miércoles, 18 de mayo de 2022
LOS OLVIDADOS
Hace días leí
que cada vez es más frecuente el abandono de ancianos en las urgencias de los
hospitales; al pasarles algo grave, son llevados allí por algún familiar que
luego desaparece. Durante el proceso médico, el personal sanitario se da cuenta
de que no reciben visitas. A los días, cuando se les da el alta médica, nadie va
tampoco a recogerlos, por mucho que se haya avisado a familiares y conocidos.
Se trata de un porcentaje mínimo, naturalmente, pero no por ello debemos dejar
de alarmarnos. En el hospital de la isla de La Palma un diez por ciento de las
camas suelen estar ocupadas por abuelos abandonados. Hay que ser un auténtico
desalmado para cometer acciones de este tipo y, aunque los centros hospitalarios
han denunciado un sinfín de veces estos casos, existe un cierto vacío legal, ya
que el código penal no lo considera abandono al estar la persona atendida y
recogida.
Nuestros
mayores son los auténticos olvidados del sistema y son marginados por la
sociedad en general. Si alguno de vosotros sigue mi blog, comprobará que es un
tema que me interesa sobremanera. De hecho, la novela por entregas que comencé
ya hace un tiempo (prometo retomarla en breve) tiene como protagonistas a dos
abuelos olvidados por los suyos. Te invito a leerla, porque eso me animará a
continuar. Además, aún no he decidido el título que llevará (quizá el que
encabeza este artículo no sea malo).
Vivimos en la era del estrés, de la ocupación
del marido y la mujer y del derecho al tiempo libre, porque para eso se
trabaja. Cuando los padres comienzan a tener algunas limitaciones, se les
aparca en una residencia por no poder atenderlos, y allá paz y aquí gloria. También
se da el caso de los que están solos y los hijos apenas van a verlos. Y no
digamos cuando llega el verano; solo en Madrid fueron abandonados ciento
cuarenta mil ancianos el año pasado mientras su familia disfrutaba de las
vacaciones (hablo de personas que viven solas y apenas pueden valerse por sí
mismas). Ya no se acuerdan de que hicieron por ellos todo el sacrificio del
mundo. La memoria es tan frágil como grande el egoísmo y pequeña la visión de futuro.
¿Acaso no quieren saber que ellos también serán viejos? ¿Cómo obrarán sus hijos
mañana si han visto lo que hacen hoy con los abuelos? Reitero que no es la gran
mayoría la que obra así, pero se da muchos casos, cada vez más, y es algo que
debería hacernos pensar detenidamente. El magistrado y portavoz territorial de
Juezas y Jueces para la Democracia, Joaquim Bosch, denunciaba este problema en
un tuit: “cada vez me pasa más, como juez de guardia, encontrarme con cadáveres
de ancianos que llevan muchos días muertos, en avanzado estado de
descomposición. No sé si está fallando la intervención social o los lazos
familiares, pero indica el tipo de sociedad hacia el que nos dirigimos”.
Nos
encontramos en un mundo donde la imagen prevalece sobre todo lo demás. Caras
bonitas, cuerpos perfectos y jóvenes son los protagonistas de las cadenas de
televisión. Cuando una persona, por válida que sea, entra en la llamada tercera
edad, se tiende a aparcarla. Lo hemos visto en el cine e incluso en la política.
Se les acusa de estar pasados de moda o de no encajar en la sociedad actual. Un
ejemplo de que esto no es así lo fue el humanista y economista José Luis
Sampedro, que a sus más de noventa años empatizó con la juventud y en especial
con el movimiento 15M. Aunque lo más detestable es ver a los políticos de turno
tratar a nuestros mayores como si fueran mercancía. Lo comprobamos con bastante
frecuencia con el tema de las pensiones, que más parecen las ofertas de un
supermercado que otra cosa. Utilizan a los pensionistas con descaro como
herramienta electoral. Lo seguiremos viendo de aquí a las próximas elecciones,
ya sean autonómicas o generales. No se dan cuenta de están jugando con la salud
de personas que han trabajado toda su vida y merecen una retirada digna.
Nadie está
pidiendo que el dominó y la petanca sean deportes olímpicos, quizá con saber
escuchar sea suficiente, sobre todo a los abuelos, que son y serán siempre
fuente de sabiduría. Ya conocen el refrán: “más sabe el
diablo por viejo que por diablo”.




