Se recomienda leer la primera parte antes de continuar con la historia.
Pero la cadena no se rompió del
todo.
Hace apenas cuatro días recibí una llamada desde un
número oculto. Era una mujer. Se identificó solo como “Elena, la
nieta de quien te contó lo de Antonio”. Su voz sonaba rota, como
si hubiera llorado mucho y dormido poco. Me pidió que nos viéramos
en un sitio discreto, lejos de Calahorra y de Pamplona. Elegimos un
bar de carretera a las afueras de Logroño, de esos que cierran tarde
y donde nadie hace preguntas.
Llegó envuelta en un abrigo
oscuro a pesar del calor que aún hacía. Tenía unos cuarenta y
pocos años, ojos claros y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja
izquierda. Nada más sentarse, sacó del bolso un sobre amarillento y
me lo puso delante.
—Mi abuelo no te lo contó todo —dijo
sin preámbulos—. Hay más. Mucho más.
Dentro del sobre
había dos fotografías antiguas y una hoja con membrete de algún hospital.
En la primera foto se veía a un hombre joven, fuerte, de mirada
intensa, posando junto a un camión de los años setenta. Se llamaba
Marcos, bisnieto directo de Antonio. Trabajaba de transportista entre
La Rioja y Galicia. Según Elena, en tres ocasiones diferentes había
“perdido” varios días de su vida. Despertaba en el arcén de
alguna carretera secundaria, con la ropa rota, sangre bajo las uñas
y un sabor metálico en la boca que no conseguía quitarse ni
frotándose con jabón ni chupando caramelos Halls de eucalipto mentolado.
La segunda foto era más inquietante: la
misma cara, pero tomada con flash en un bosque de noche. Los ojos
reflejaban la luz como los de un animal. La fecha escrita detrás era
del 23 de diciembre de 1986.
—El día de la matanza de la
aldea de Os Castiñeiros —susurró Elena—. Mataron a tres
personas y destrozaron a un pastor como si lo hubiera pisoteado un
toro bravo. Nunca cogieron al responsable. Mi abuelo siempre dijo que
Marcos llegó a casa al amanecer del 24, temblando, sin recordar
nada, pero con trozos de lana y carne entre los dientes.
El
tercer documento era un informe médico de 1991. Diagnóstico:
“Trastorno disociativo severo con episodios de conducta violenta
nocturna”. Lo habían internado dos veces en un psiquiátrico de
Bilbao. Salió ambas veces. La tercera vez no llegó a ingresar:
desapareció del hospital una noche de luna llena.
Elena me miró
fijamente.
—Marcos tuvo un hijo en 1993. Mi primo Daniel. Yo
soy la única que todavía mantiene contacto con él… o al menos lo
mantenía hasta hace dos meses. Desde entonces no contesta al
teléfono. Solo me dejó un mensaje de voz a las tres de la
madrugada. Se oía su respiración agitada y, de fondo, como si
estuviera corriendo entre árboles. Solo dijo: “Ya viene. Ya viene
otra vez. Dile a quien te contó la historia que la estirpe no se
rompe. Y que esta vez… esta vez no quiero parar”.
Desde
aquella noche, Elena duerme con todas las luces encendidas y un
cuchillo bajo la almohada. Dice que ha empezado a notar cambios en su
propio cuerpo: uñas que crecen más rápido de lo normal, un hambre
que no se sacia con comida normal, y sueños en los que corre a
cuatro patas por Los Agudos persiguiendo algo que grita
como una persona.
Antes de despedirnos me agarró del brazo con
fuerza y me dijo algo que aún me eriza la piel:
—Si dentro de
un mes no has vuelto a saber de mí… publica todo esto. Que la
gente sepa que no es solo una leyenda de Calahorra. Que siguen aquí.
Que somos muchos más de los que imaginan.
Y se marchó.
Yo,
por si acaso, ya he cambiado las cerraduras de casa y he puesto rejas
en las ventanas. También he comprado balas de plata, aunque sé que
probablemente sea una tontería romántica. Pero una nunca sabe.
Y
vosotros… ¿dormiréis tranquilos esta noche sabiendo que quizás,
solo quizás, el pasajero que viaja a vuestro lado en el autobús
nocturno, o ese vecino que sale a pasear cuando hay luna llena, lleva
dentro algo que no es del todo humano? Yo, desde luego, ya no.
